Blog · Julio 2026

El hombre que ama los aviones
y odia la guerra:
lo que Miyazaki me enseñó sobre atreverme

Desde la adolescencia, cuando vi por primera vez una película de Studio Ghibli, algo se movió en mí. No fue solo la historia. Fue la estética, los colores, la nostalgia, el respeto con el que trata a sus personajes. Sentí una emoción que nunca supe nombrar del todo, y que durante mucho tiempo guardé para mí, porque sentía que nadie a mi alrededor la iba a entender.

Hoy, investigando en serio para armar mi propio árbol genealógico creativo, por fin entiendo un poco mejor por qué me pasa. Y quiero contarte el camino, porque creo que en él hay algo útil también para ti.

Por qué empecé por él

Estoy leyendo Roba como un Artista, de Austin Kleon. Uno de sus ejercicios propone armar un árbol genealógico creativo — no de sangre, sino de influencias. Quién te hizo ser quién eres, artísticamente hablando.

No tuve que pensarlo demasiado. Desde la adolescencia, cuando vi por primera vez El Viaje de Chihiro, algo se movió en mí. Fue la estética, la paciencia de cada plano, el respeto con el que trata a sus personajes, especialmente a las mujeres. Sentí una emoción que no supe nombrar entonces, y que durante mucho tiempo guardé para mí.

Así que si iba a hacer este ejercicio en serio, la raíz tenía que ser Hayao Miyazaki. Y una vez que empecé a investigar — su vida, su contexto, sus contradicciones — entendí que esta obra no me atrapa por casualidad.

Hayao Miyazaki

Hayao Miyazaki — la raíz de mi árbol genealógico creativo

"Ama los aviones. Odia la guerra que los hizo posibles.
Y nunca resuelve esa tensión."

Miyazaki
Ghibli
Ghibli
Ghibli

Hayao Miyazaki y el universo de Studio Ghibli

Un niño que crece entre motores de guerra

Miyazaki nació en Tokio en 1941, en plena Segunda Guerra Mundial. Su padre dirigía una empresa familiar que fabricaba piezas para el caza Mitsubishi A6M Zero. El sonido constante de la producción bélica marcó su infancia. De ahí nace su fascinación de toda la vida por los aviones — aparecen una y otra vez en su obra, desde Porco Rosso hasta El Viento se Levanta, casi como una firma.

Pero aquí está lo que me detuvo en seco: Miyazaki creció gracias a un negocio que aportaba directamente a la maquinaria de guerra de su país. Él mismo lo ha reconocido: eso le generó culpa. Esa culpa no se queda en una entrevista — está tejida en su cine. Ama los aviones. Odia la guerra que los hizo posibles. Y nunca resuelve esa tensión. La dramatiza, película tras película.

La mujer que sostiene todo esto sin estar de pie

Su madre estuvo enferma de tuberculosis espinal gran parte de su infancia — hospitalizada tres años seguidos. Y aun postrada, fue una presencia fuerte e influyente en su vida. Miyazaki trasladó rasgos de su personalidad directamente a sus personajes femeninos.

La fuerza de sus protagonistas no nace de una teoría, nace de una biografía. Miyazaki no diseñó un ideal de mujer fuerte — simplemente dibujó a su madre, una y otra vez, sin quizás darse cuenta. Y eso me hizo pensar: tal vez lo que llamamos "estilo propio" es, muchas veces, la huella de alguien que nos marcó profundamente.

"Miyazaki nunca esperó a no tener contradicciones
para hacer sus películas.
Las usó como combustible."

El trabajo que odiaba lo salvó

Antes de convertirse en quien conocemos, Miyazaki entró en 1963 a Toei Doga como intercalador — dibujando los fotogramas intermedios entre poses clave. Era un trabajo que odiaba abiertamente. Lo que lo salvó no fue el arte todavía. Fue el sindicato, la política, y conocer a Isao Takahata, la bisagra que le cambió todo.

Hay otra contradicción que nunca escondió: fue sindicalista de izquierda y terminó dirigiendo un estudio acusado de exigir jornadas extenuantes. Fue workaholic ausente como padre mientras filmaba en pantalla familias idílicas que él mismo no vivió del todo. Nunca resolvió sus contradicciones. Las dramatizó.

Fran González K.
foto tuya aquí

Dónde me encuentro yo en todo esto

Soy agrónomo de formación. Trabajo coordinando temas técnicos entre instituciones para programas de exportación de fruta. Es un mundo racional, ordenado, de protocolos y evidencia. Y al mismo tiempo, soy también la que edita video hasta tarde, la que arma moodboards, la que está aprendiendo tipografía sola con una tablet y un lápiz digital.

Durante mucho tiempo sentí que tenía que elegir cuál de las dos era mi identidad "real". Como si lo racional y lo sensible no pudieran convivir honestamente en la misma persona.

Ver de cerca a Miyazaki — no la versión idealizada, sino la persona real, contradictoria — me dio permiso para dejar de intentar resolver eso.

"No tienes que resolver tus contradicciones
antes de darte permiso para hacer
lo que te gusta."

No escribo esto solo para hablar de una película que me gusta. Lo escribo porque sé que no soy la única que lleva dos (o más) personas adentro: la que trabaja en algo "serio" y la que sueña, en silencio, con hacer algo distinto.

Si tú también sientes esa tensión, quiero decirte lo mismo que este ejercicio me enseñó: no tienes que elegir. No tienes que resolver esa contradicción antes de darte permiso para hacer lo que te gusta. Miyazaki no llegó a ser quien es esperando estar en paz consigo mismo. Llegó a serlo dramatizando, una y otra vez, exactamente lo que no lograba resolver.

Así que si hay algo que llevas tiempo posponiendo — no esperes a sentirte listo o lista ni a que tenga sentido perfecto con el resto de tu vida. Empieza igual. Avanza a tu ritmo. Como me enseñó mi abuelita Yolanda, a quien nunca conocí pero cuya frase llevo conmigo:

No temas ir despacio,
sino teme no avanzar.

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